¿Cuántas veces has intentado calmarte diciéndote que todo estará bien?
¿Cuántas veces has fallado?
Tal vez te ha ayudado a contener brevemente el torbellino que se desata dentro de ti, sin embargo, el diálogo interior raramente es suficiente para solucionar por completo la desregulación emocional.
Porque cuando lo hacemos estamos tratando de dominar a nuestras emociones usando solo la mente. La cuestión es que la mente y las emociones son producto de todo un entramado neuropsicológico que trabaja de manera interdependiente.
Así es, tu mente y tus emociones trabajan en conjunto y ninguno puede dominar al otro por completo.
Así que cuando ocurre algo que te angustia, por ejemplo, y tratas de calmarte diciéndote: “te estás descontrolando, debes calmarte” este pensamiento forma parte de la emoción misma.
Esto es como tratar de llenar un vaso roto con el agua que se escapa de la ranura.
Así que para regularnos efectivamente debemos dejar de hacer esto y comenzar a tratar a nuestra mente como lo que es, un equipo.
Primero, es importante que sepas que la razón es especialmente útil para comprender la realidad y mejorar después, no tanto para reaccionar inmediatamente a los imprevistos, ahí las emociones son más útiles.
Como cuando se te dobla el pie en plena caminata y te recompones magistralmente antes de que alguien lo note y grabe el TikTok del año. Eso es pura eficacia emocional.
En otras palabras, las emociones son especialmente útiles para reaccionar al momento, la razón para comprender lo ocurrido y construir mejores esquemas de acción para el futuro.
Las emociones son las que te salvan en el camino, la razón es la que diseña el mapa del recorrido.
Pero si te empeñas en no sentir tus emociones corres el riesgo de quedarte sin mapa y tirado en algún barranco.
En segundo lugar, toma en cuenta que cada emoción básica tiene ciertas funciones y exige ciertas demandas que, si atendemos y seguimos podemos comenzar a servirnos de ellas.
Desde la terapia breve estratégica las cuatro emociones básicas son el miedo, el dolor, el placer y la ira.
Comencemos hablando de la emoción que es probablemente la más poderosa y fundamental de todas, el miedo.
El miedo es la emoción base de la supervivencia y al ser tan primaria no podemos controlarla, algo que la mayoría de nosotros intentamos cuando la sentimos, provocando que sólo se intensifique más.
Porque el miedo es como ese amigo que no te deja de joder porque le parece muy divertido lo expresivo que te pones cuando te enojas.
Sin embargo, con el acompañamiento adecuado alguien que sufre de ansiedad o pánico aprende a sentir miedo e incluso a intensificarlo con el objetivo de reducirlo.
Algo que sé que puede sonar contraintuitivo, pero es como cuando te ponen un apodo que te molesta y tú mismo comienzas a llamarte así, e incluso a jugar con el nombrecillo, de repente los que te jodían con eso dejan de hacerlo, e incluso a nombrarte así.
Más adelante, cuando has adquirido más experiencia puedes utilizar tu miedo como un impulso adrenalínico que te permita ejecutar acciones con una precisión impresionante, como el boxeador que en un estado de alerta es capaz de reaccionar en una milésima de segundo al golpe de su contrincante y esquivarlo.
Con el dolor es una cuestión similar, cuando atravesamos una experiencia dolorosa como la de perder a alguien, por ejemplo, intentamos racionalizar lo qué pasó para no sentirnos mal.
Tratamos de pensar en todas las razones por las que estamos mejor sin esa persona.
Sin embargo, muchas veces hacemos esto para evitar beber toda la dosis natural de dolor que conlleva la pérdida, por otra parte, si nos damos cada día un momento para administrarnos una dosis completa de dolor podremos comenzar a procesar el duelo saludablemente.
Además, cuando nos permitimos una cita con el dolor entramos en contacto también con nuestra fragilidad y por contraste con nuestra fortaleza porque nadie sabe qué tan fuerte es hasta que se enfrenta cara a cara con su debilidad.
Como lo dijo el buen Camus: «En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible».
El placer es de las cuatro, el que más tabúes ha generado si me lo preguntan. Es vestido a través de los ojos de nuestra cultura con el manto del pecado.
¿Quién no ha sentido una felicidad inmerecida? ¿Quién no ha sentido culpa por sentir placer?
Eventualmente esto nos lleva a la supresión del mismo y por lo tanto, como seguramente ya estás entendiendo a su desbordamiento.
Como la persona que se abstiene de comer para después sucumbir a atracones de comida excesiva.
Al final, quien intenta controlar el placer termina sintiéndose esclavo del mismo.
Al igual que su contraparte el dolor, el placer se regula administrándose de manera saludable, con el seguimiento correcto las personas aprenden a concedérselo precisamente para renunciar a él, para dejar de ser su esclavo.
Al final Oscar Wilde tenía algo de razón cuando dijo que la única manera de librarse de una tentación es ceder ante ella.
Ahora hablemos de la emoción más vilipendiada de todas, la ira.
Esta emoción responde a la injusticia y al obstáculo, precisamente por eso tiene un poder destructivo importante, tan grande que puede ser incluso utilizado contra ella, como menciona Roberta Milanese en su libro sobre la ira, cuando nos damos cuenta de la importancia que le damos a las personas que odiamos con el mero hecho de odiarlas pasamos a odiar esta actitud, lo que nos lleva a extinguir la ira por el otro.
Otra estrategia interesante es que cuando estemos enfadados con alguien nos demos un momento para escribir en una hoja de papel todos los insultos e improperios que sentimos por esa persona, después de algunas hojas comenzamos a sentirnos menos enojados e incluso empezamos a sentir más empatía por el pobre diablo que es objeto de nuestra ira.
Esto ocurre no por un simple acto de catarsis, sino que al permitir que la ira fluya y se exprese de manera no destructiva como escribir en una hoja de papel, comenzamos a reelaborar nuestras propias vivencias, lo que nos lleva a cuestionar nuestra percepción y en última instancia a modificarla.
Como había mencionado anteriormente, dejamos que la emoción haga su trabajo para que a partir de esto la razón pueda elaborar mejores formas de proceder en el tiempo.
Si hacemos esto correctamente la ira también puede ayudarnos a descubrir injusticias y fallas en nuestro entorno social que deben ser cambiadas y al final puede ser un motor que nos lleve a buscar e implementar soluciones que beneficien a toda nuestra comunidad.
La regulación emocional más que un tema de inteligencia es un tema de performance, es decir, es aprender a reaccionar a nuestros ríos emocionales cada vez más sabiamente, aprendiendo precisamente de las emociones mismas.
Es una habilidad que se mejora con el tiempo y la practica, es el arte de sentir para pensar y actuar mejor.

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