“El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado.”
– William Faulkner
En cierta ocasión le platicaba a un paciente que nuestra mente es como una biblioteca extensa, llena de libros que narran experiencias, recuerdos y aprendizajes, todos clasificados brillantemente por un bibliotecario que no descansa nunca.
Cada libro que llega a nuestra biblioteca es una experiencia vivida. Aunque no todos se quedan, los que lo hacen tienen un lugar especial.
Aquellos que narran sucesos espeluznantes en la sección de “horror”, los que tratan de recuerdos hermosos en la sección de “a repetir”.
Es importante que cada uno de estos textos se encuentre bien clasificado, de eso depende la perspectiva con la que moldeamos nuestra realidad, si uno de estos libros es sobre una experiencia asquerosa con una sopa, se clasificará en la sección de “desagradable” y la próxima vez que nos sirvan la misma sopa no podremos evitar hacer alguna mueca de asco.
Sin embargo, a veces sufrimos eventos bastante difíciles y el bibliotecario se ofusca, por un momento deja de lado el libro porque es demasiado doloroso clasificarlo.
Se queda en el carrito de libros sin clasificar y cuando el bibliotecario intenta tomarlo para procesarlo sentimos de nuevo el dolor, las imágenes, los recuerdos vienen a nosotros, sufrimos, nos resistimos y hacemos que el bibliotecario lo vuelva a soltar.
Así se queda ese libro, sin procesar, el problema es que comienza a vagar desordenadamente por toda nuestra biblioteca, confundiéndolo todo.
Si ese libro se empieza a colar en el estante de la pareja, por ejemplo, podemos comenzar a sentir ansiedad por esos abrazos que antes nos parecían de lo más romántico.
Si ese libro continúa sin ser procesado, poco a poco comienza a contaminar el resto de la biblioteca; rasgos de él comienzan a aparecer en toda nuestra personalidad, seguridad y autoestima.
Esto es algo que ocurre dentro de lo que los psicólogos llamamos “trauma complejo”.
Un fenómeno que puede aparecer tras situaciones dolorosas que nos ocurrieron en algún momento o que continuaron ocurriendo durante mucho tiempo en nuestra vida.
Cuando el trauma aparece las heridas que dejaron estas situaciones no paran de regresar a nosotros en forma de recuerdos, sensaciones, reacciones o conductas, y al final tienen el potencial de modificar la percepción de nuestra realidad, nuestra autoestima y personalidad.
A veces estas alteraciones terminan incorporándose de manera no tan incapacitante, se vuelven pequeños rasgos de nuestra personalidad que solo nos hacen un poco menos llevadera la vida.
Pero en otras ocasiones las consecuencias terminan siendo devastadoras.
Terminamos percibiendo al mundo como un lugar sumamente doloroso.
Debemos ayudar al librero dentro de nosotros a procesar este libro, a mandarlo al estante al que pertenece, para que sea parte de los sucesos que nos ocurrieron pero que no nos definen, ni nos definirán.
Esto no es sencillo, suele ser un proceso doloroso, requiere que por una parte reelaboremos lo ocurrido y eso conlleva una visita al pasado, una cita con el dolor.
No con el objetivo de comprenderlo, al menos no en primera instancia, porque la comprensión viene normalmente como consecuencia de aceptarlo e integrarlo adecuadamente.
También implica comenzar a enfrentar aquellas situaciones que evitamos porque nos regresan inmediatamente a ese momento del que tratamos de huir, y comenzar a construir una vida libre del control de eso.
Definitivamente una tarea compleja, y que desafortunadamente no está al alcance de todos, porque no podemos ignorar que hay ciertos libreros que no han podido clasificar dichos libros porque se ven abrumados con la cantidad de libros dolorosos que les llega al día.
Esta es la situación de personas que viven en contextos en donde cada día es una batalla por sobrevivir y que el espacio para enfrentar y procesar el trauma simplemente no existe.
No podemos negar que la aparición del trauma y su mantenimiento tienen una condición social, sin embargo, si tenemos la oportunidad de llevar a cabo este proceso de integración saludable de nuestro pasado vale la pena intentarlo.
Solía creer que lo peor que nos podía pasar es que el pasado nos alcanzara, pero cuando dejamos de huir de él, deja de condicionar nuestro presente y nos regresa el control sobre nuestro destino.

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