Porqué entender nuestra conducta no necesariamente nos lleva a cambiarla

«El problema no es el problema; el problema es la solución.»

– Paul Watzlawick

A menudo cuando nos enfrentamos a una situación problemática nuestro primer movimiento es intentar comprender su causa, el origen de todo. 

Es algo que escucho a menudo en sesión: “Por qué siempre termino con las mismas personas” “por qué me cuesta ser constante” “por qué no puedo enfrentar esto o aquello”.

Es un cuestionamiento completamente comprensible, la epistemología más dominante en nuestro sistema educativo occidental es la positivista, la perspectiva causal de nuestro universo: a toda acción le corresponde una reacción y viceversa. 

Y ese enfoque lo intentamos aplicar a nuestro propio comportamiento, sin embargo, aquí nos topamos con una dificultad, porque no es lo mismo explicar las causas de un fenómeno natural como un terremoto que explicar las causas del comportamiento de una persona. 

Somos seres sumamente complejos y nuestro comportamiento no es la excepción, sus causas normalmente son multifactoriales, una mezcla de biología, genética, cultura, crianza, relaciones y emociones. 

Por lo tanto, encontrar una causa definitiva es un trabajo hiper complejo sino es que imposible.

Evidencia de ello son las múltiples corrientes de pensamiento dentro de la psicología que han intentado encontrarlo en el inconsciente, la crianza, la sociedad o hasta en elementos sobrenaturales como el aura o “vibraciones” del espíritu, ni hablar de que lo intente una sola persona. 

El resultado es un esfuerzo estéril, no solo terminamos sin una respuesta y nada diferente, sino con muchas más preguntas. 

Tal vez lo que deberíamos hacer es dejar de preguntarnos el origen de un comportamiento y en su lugar comenzar a examinar lo que lo mantiene.

Cuando ocurre la situación problema ¿Qué pienso/siento? luego ¿Qué hago? Y ¿Para qué? y al final ¿Qué necesito hacer diferente?

Por ejemplo, es usual que las personas con un comportamiento obsesivo y/o compulsivo repitan conductas tranquilizadoras como lavarse las manos una cantidad específica de veces.

El ciclo funciona así: siento que debo limpiarme porque no quiero enfermar, por lo tanto me lavo las manos 3 veces cada vez, lo que me hace sentir más a salvo de los gérmenes y cuando lo hago la sensación de tranquilidad refuerza la conducta para que lo repita la próxima vez. 

Podríamos embarcarnos en la búsqueda del origen de este comportamiento en la infancia, la adolescencia o algún trauma del pasado, o enfocarnos en el hecho de que lo que mantiene el síntoma es la tranquilidad momentánea que se produce por lavarse las manos 3 veces, y comenzar a lavarnos las manos cada vez menos para comprobar que ese beneficio se mantiene si lo hacemos sólo una vez. 

La segunda opción resulta en un cambio de conducta más rápido, lo que no sólo produce ese bienestar que la persona tanto ha esperado, sino también un entendimiento del mecanismo que sostenía su problema, es decir, una forma asequible y realista de conocer las razones de su comportamiento.

Es decir, no sólo solucionamos un problema, sino que en el proceso de solucionarlo lo comprendimos.

Esto propone una forma diferente de aproximarnos a los problemas humanos, una de conocer activa y constructivamente.

Porque no hay mejor manera para entender un nudo que desenredándolo.