La renuncia velada, cuando la depresión se pone la mascara de la productividad.

«En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible.»

– Albert Camus

En su libro “Las caras de la depresión” Emanuela Muriana, Laura Pettenò y Tiziana Verbitz mencionan que la principal solución intentada de las personas que sufren depresión es “la renuncia”, que normalmente está reforzada por una creencia pesimista sobre la realidad.

En otras palabras, cuando sufres depresión puedes llegar a creer que nada de lo que hagas va a cambiar tu situación, así que te abandonas a lo que te pueda ocurrir, te vuelves como una barcaza abandonada al viento. 

Sin ningún esfuerzo por controlar el timón dejas que los vientos de “todo lo que te pueda ocurrir” te lleven a donde les plazca. 

Y cuando el azar hace su trabajo y las consecuencias desagradables de no hacerse cargo aparecen, se fortalece tu creencia inicial. 

“Nada puede hacerse y el destino guarda para mí sólo las más amargas fortunas” 

En los casos más comunes la renuncia es evidente, las personas dejan de intentar cosas, trastes de días se agolpan en el fregadero, el baño pasa a ser la última preocupación y los mensajes se agolpan en la bandeja de entrada, una depresión en forma. 

Si no se hace algo la situación puede evolucionar y concluir en un desenlace trágico o en un estado de completa inactividad, donde levantarse de la cama se vuelve una tarea titánica. 

Pero en otras situaciones la renuncia se oculta detrás de una máscara de actividad continua, pareciera que las personas siguen intentando cosas, pero en realidad han abandonado la lucha que más importa. 

Como los que van al trabajo y hacen lo que les corresponde, pero dejan de aportar ideas, de hablar de ciertos temas con los compañeros o de buscar mejores oportunidades porque “para qué, si no hay algo mejor para mí aquí o afuera”. 

O quienes están en una relación y hacen todo lo que se espera de ellas como pareja, pero en realidad están insatisfechas y se conforman con una relación que no les hace felices porque “seguramente no hay nadie que sea realmente para mí allá afuera”.

Se vuelven autómatas bastante eficientes, pero que simplemente no se dejan vivir.

Ya no lo intentan y poco a poco, de manera velada, se hunden en un remolino de rutinas insípidas y días con cada vez menos color, cayendo eventualmente en la renuncia absoluta. 

De esta forma la renuncia que fortalece la creencia se vuelve una guarida que los protege de futuras decepciones y que no revela lo que en realidad es, un pozo, hasta que es demasiado tarde. 

Uno podría pensar que la solución se halla en la razón, en mostrarles por medio de argumentos bastante lógicos lo equivocados que están, sin embargo, quien ha visto el abismo lo puede encontrar hasta en los relieves más sutiles de un valle.

Así que la solución tiene que ser algo más contraintuitivo. Explorar el abismo para comprobar que muchas veces no es tan hondo como pensamos. Significa sentarnos con ellos en su oscuridad, explorarla para que espontáneamente sean ellos quienes descubran las grietas de luz en las paredes de su prisión. 

Si lo pensamos un poco, esto ya es el comienzo de un intento, de una lucha.  

Como se dice en terapia breve “la manera de desenredar algo es encontrar la forma de enredarlo más”. 

Retomando uno de los ejemplos que abordé arriba: a veces, para descubrir que hay alguien para ti debes darte cuenta de cuántas personas no lo son.

Alguien completamente convencido de que no hay nadie para él podría tomar el reto de conocer a más personas sólo para probar su punto e inesperadamente, conocer a alguien que le pruebe lo contrario. 

En su Divina Comedia, Dante Alighieri colocaba al infierno antes del paraíso porque para alcanzar la gloria primero debemos atravesarlo.


Dante tenía a Virgilio para guiarlo y tú no tienes por qué hacerlo en soledad, hay un Virgilio para todos nosotros y a veces para encontrarlo solo necesitas atreverte a pedir ayuda.