“Todos sabemos por experiencia que los seres humanos no aprenden de la experiencia”
– Benjamín Franklin
He visto en redes mucho sobre la importancia de ser congruente, y una crítica feroz contra quien no lo es, pareciera que es una norma intocable.
Y lo entiendo, tiene sus beneficios, te hace una persona más confiable para los demás e incluso para ti mismo.
Pero poco se habla de que si no tenemos cuidado nos podría salir el tiro por la culata.
La congruencia utilizada sin criterio puede volver lo mejor de nosotros en contra nuestra y sin darnos cuenta la honestidad se vuelve tiranía, la lealtad sometimiento y la constancia esclavitud.
Un ejemplo de ello fue lo que ocurrió con Kodak. La empresa era líder en su ramo a inicios de los 2000, sin embargo, ante la aparición de la cámara digital la marca se negó a cambiar su principal y tradicional enfoque en la venta de rollos fotográficos.
Visto desde cierto ángulo a alguien seguramente le pareció romántico, pero esto hizo que en 2012 Kodak se declarara en bancarrota.
Su obstinación, estimulada por su miedo a la incertidumbre, llevó a esta importante compañía a la debacle financiera.
Einstein decía que locura es hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes a pesar de las circunstancias y esto fue precisamente lo que le ocurrió a Kodak.
Esto se aplica a las creencias, ideales y valores personales de igual manera.
Por ejemplo, la honestidad es un rasgo bastante encomiable, pero si hubieras vivido durante la segunda guerra mundial y tuvieras que mentir para ocultar a un querido amigo de la Gestapo no lo dudarías dos veces.
Esto no es una apología de la hipocresía. Utilizar la congruencia de manera adecuada le devuelve mucho del brillo que podría perder cuando uno se envuelve en la necedad de defender un ideal sólo por cualidad estética o poética.
La congruencia cuando parte de una premisa válida es sumamente constructiva, nos mantiene con los pies sobre la tierra, nos ayuda a ser constantes con aquello que vale la pena defender porque da frutos, pero cuando la practicamos sobre una premisa errónea puede llegar a ser desastrosa.
Aunque el razonamiento sea de lo más lúcido, si parte de una base endeble todo se derrumbará.
Pero ¿cómo evitamos ser víctimas de nuestra propia congruencia?
Lo primero es evitar aferrarnos a nuestros ideales como dogmas incuestionables, necesitamos aceptar que, por más nobles que sean nuestras intenciones podemos equivocarnos y que la realidad tiene más matices de los que pensamos.
Lo segundo es no llevar al extremo cualquier valor, por más admirable que parezca.
Como vimos anteriormente, algo tan puro como la honestidad, llevada a un extremo convierte al protector en inquisidor y es que el extremismo hace que todo lo puro se vuelva contra sí mismo para morderse su propia cola.
La aplicación de nuestros valores, incluso los más elevados, se deben filtrar a través de las necesidades de nuestras circunstancias.
La posibilidad de que la congruencia utilizada incuestionablemente se vuelva un problema y los valores llevados al extremo puedan transmutarse en sus antivalores es la prueba de que mucho de lo que nos sale mal no es resultado de la intención sino de la forma en cómo llevamos a cabo nuestras acciones.
La brutalidad de un río no viene del agua, sino del terreno por el que se mueve.
Esto es una de las cosas que más obstaculiza la construcción de soluciones en nuestras vidas.
Con frecuencia pensamos que nuestras intenciones bastan y que las personas deben ser capaces de ver la bondad que hay detrás de nuestras acciones, pero como decía Isaac Asimov: «La sabiduría consiste en saber cuál es el siguiente paso; la virtud, en llevarlo a cabo.»

Deja un comentario