La sutil trampa de conocerse a uno mismo

“No puedes descubrir nuevos océanos si no tienes el valor de perder de vista la orilla.”

– André Gide

“Gnóthi seautón” (conócete a ti mismo) era una inscripción a la entrada del templo de Apolo en Delfos, invitaba a las personas a explorarse a sí mismas antes de consultar con los dioses el futuro.

Parece una recomendación útil, si conoces tus recursos y tus verdaderos deseos podrás tomar mejores decisiones y tal vez, forjarte un buen futuro, sin consultar el que los dioses tienen para ti. 

Sin embargo, a partir de esto podríamos inferir otra idea: es insensato comenzar a actuar sin saber lo que podemos hacer y lo que no. Y esto puede ser una idea peligrosa si consideramos la siguiente pregunta:

¿Cuándo podemos afirmar que ya nos conocemos?

Porque el ser humano es cambiante, al igual que no te puedes bañar en el mismo río dos veces, una persona no será la misma que fue hace dos años, entonces ¿cómo podemos conocer algo que está en constante transformación? La respuesta: no lo podemos hacer de una manera definitiva.  

Por lo tanto, si nuestro plan es actuar sólo hasta habernos conocido nunca lo haremos, es como tratar de construir una catedral cuyo plano arquitectónico está cambiando constantemente. 

Y aquí esta la trampa que se esconde detrás de la noble intención de conocerse a uno mismo para hacer mejor las cosas, que fácilmente se puede volver una elegante forma de evitación.

La vida nos plantea retos día con día que hacen aflorar nuestras inseguridades y muchas veces, en lugar de enfrentarlos preferimos detenernos a preguntarnos si tenemos lo que se necesita para enfrentarlos. 

Lo que sigue es un laborioso esfuerzo por encontrar aquella evidencia que nos muestre que estamos hechos para ello, que si lo intentamos lo conseguiremos, pero caemos víctimas de nuestra propia naturaleza cambiante y nunca llegamos a estar seguros de nuestros propios recursos. 

Pero entonces ¿debemos tirar por la borda las sabias palabras inscritas en el templo de Delfos? No del todo. 

Tal vez, sólo necesitamos considerarlas desde otro ángulo, porque hay más de una manera de conocer la realidad. 

Las cosas que están en constante transformación se conocen a través del cambio, es decir, lo que te ocurre y cómo te afecta también es una parte de ti, por lo tanto una forma de conocerte es atreverte a enfrentar dichos retos.

Es como si dentro de nosotros hubiera piezas de información, habilidades y capacidades que sólo se pueden descubrir/desbloquear mediante la acción. 

Esto tampoco desestima nuestra historia, de hecho, es un buen punto de partida, lo que has conseguido hasta ahora, lo que sabes que puedes hacer y de lo que eres capaz te dará valiosa información para afrontar lo que te ocurre. 

Si sabes caminar conoces los principios básicos para comenzar a correr: poner un pie frente al otro, sólo que más rápido y cambiando ligeramente la postura para que se adapte a la fuerza y velocidad del movimiento, lo demás viene por sí sólo, con cada intento. 

Entonces, no se trata de evitar el ejercicio de introspección, sino de no llevarlo al extremo de tratar de encontrar lo que aún no está en nosotros.  

Si yo tuviera que reescribir la frase en el templo de Delfos tal vez pondría: conócete a ti mismo, pero sólo lo suficiente.

Lo suficiente para comenzar a actuar y empezar a descubrir nuevas cosas en ti que te llenarán de seguridad para seguir haciendo y aprendiendo de una manera cada vez más constructiva.

Como diría Giorgio Nardone, el padre de la terapia breve estratégica en su libro “el arte del cambio”: Think little and learn by doing. No somos seres completos, ni definitivos, nuestra construcción es perenne y eso es lo que precisamente nos permite crecer ilimitadamente.